¿Volver a la escuela de antes? ¡No, por favor! (Parte 2)
"Quizá lo que se necesita es un poco más de tiempo en casa"
Las voces que piden un retorno inmediato a las clases presenciales se amplifican. La semana pasada se manifestaron ruidosamente en todas las redes bajo los dos grandes argumentos de siempre, el primero auténtico: “niños, niñas, adolescentes y jóvenes necesitan la escuela para seguir estudiando y socializar”; el segundo argumento es un poco más tramposo: “necesitamos reactivar la economía y con los menores en casa es imposible para muchos padres salir a trabajar”.
Lo que estos reclamos no
consideran es la situación de la escuela previamente a su interrupción forzada
en marzo del año pasado. Y no lo hacen porque sencillamente les resultaría
insostenible pedir el retorno de la vieja escuela sin antes emprender una
transformación de fondo.
Ya en un post anterior abordé el
asunto de las instalaciones sanitarias y el derecho básico de los alumnos a
contar con agua potable en sus escuelas (lea el post aquí). En esta ocasión me
gustaría tratar otro aspecto de fondo que me hace rechazar la idea de la
antigua escuela como un paraíso perdido.
Se trata del mito de que sin clases presenciales no hay aprendizaje. Es cierto que el programa de Escuela en casa 1 y 2 del Gobierno Federal deja mucho que desear. Las clases por televisión, con sus guiones acartonados y sus actores que hacen de maestros bajo una lógica del espectáculo, ofrece de todo menos el acercamiento personal auténtico que se necesita en las escuelas. Pero eso no significa que la escuela sea el único espacio para el aprendizaje. A decir verdad, en la escuela de antes el aprendizaje era algo en permanente riesgo. Parece que se nos olvidan las enormes carencias de la educación presencial. Los mismos que hoy reclaman el regreso a las aulas son los que ayer se desgarraban las vestiduras ante los bajos resultados en las evaluaciones internacionales y nacionales. Y no es que acepte la evaluación de PISA y otras pruebas estandarizadas, pero lo cierto es que en la experiencia cotidiana de los planteles podemos encontrar graves rezagos y un clima general que desincentiva la curiosidad intelectual a cambio de la rutina y el control disciplinario.
En cambio, el hogar es un
laboratorio perfecto para la adquisición de saberes cruciales para la vida. Hay
tanto que puede aprenderse en casa, conocimientos y habilidades que tienen el
potencial de formar sujetos autónomos y empáticos, además de representar una
mejora para la convivencia y la economía familiar. Pensemos, por ejemplo, en lo
valioso que resulta aprender a limpiar nuestra propia casa. Conocer el uso de
los diferentes productos de limpieza, aprender a leer las etiquetas, su
almacenamiento y cuáles pueden mezclarse y cuáles no, es un saber de gran
importancia. Lo mismo puede decirse de aprender a usar con seguridad y
eficiencia una escoba o un trapeador. ¿Y qué hay de la cocina? Nadie puede negar
que aprender a cocinar es una de las mejores inversiones que podemos hacer para
el presente y el futuro. Y estos son solo dos ejemplos, podríamos extendernos y
tocar el asunto de saber cómo cuidar un jardín o hacer reparaciones básicas. Si
el argumento educativo no basta para empezar a valorar todos estos
conocimientos, pensemos simplemente en el económico. ¿Cuánto podría ahorrarse
una familia si se hiciera cargo de la limpieza y el mantenimiento de su propia
casa o si invirtiera una parte de ese tiempo de confinamiento en cocinar y
dejar de comprar comida?
Si lo pensamos con cuidado,
nuestras casas son espacios idóneos para detonar un aprendizaje verdaderamente
integral, ya que si se combina con los saberes académicos (ciencias, ciencias
sociales, humanidades) podríamos convertirlas en una poderosa herramienta para
combatir el rezago educativo. Quizá lo que se necesita es un poco más de tiempo
en casa, el tiempo necesario para desarrollar estos aprendizajes orientados al
cuidado de nosotros mismos y de nuestros espacios, para que cuando llegue el
momento de volver a las aulas podamos hacerlo con una conciencia distinta, más
rica, más responsable, más comprometida.
Josué Gutiérrez González es profesor de literatura en la
Escuela Normal Superior, plantel Hermosillo. Es miembro de El Búnker Biblioteca
Comunitaria, un proyecto dedicado a la promoción de la lectura en el municipio
de Hermosillo, Sonora, México.

Hace un tiempo en un vídeo sobre educación se mencionaba precisamente la importancia de fomentar la curiosidad de los pero no desde la escuela, sino desde el rol tan preponderante que tienen los padres en el aprendizaje de sus hijos, desde casa.
ResponderBorrarCreo que tiene mucha razon en hacer explicito que nuestros hogares son un lugar con mucho por descubrir y con mucho por aprender, pero necesitamos que los tutores de los niños estén ahí, fomenten aprendizaje e incentiven esa curiosidad.