La vieja escuela y sus violencias

 


"Ante la ansiedad y desesperación por no poder estar a la altura, muchos estudiantes responden cortándose con una navaja"

Hace tiempo les pedí a mis alumnos normalistas que relataran los problemas que vivieron cuando cursaban la secundaria. Sus historias de terror ocurridas hace apenas 4 o 5 años le añadieron nuevos giros a mis propios recuerdos de aquella época. Al parecer casi nada ha cambiado, al menos para bien. Este ejercicio, el cual merecería su propio blog, me hace pensar que hay tantas voces que reclaman el regreso a los planteles y muy pocas que quieran ver con ojos críticos lo que dejamos atrás cuando la pandemia nos obligó a cerrar las viejas escuelas.

No hace falta saber mucho para darnos cuenta que nuestras escuelas de antes han sido un espacio de violencia ascendente. Las carencias de servicios básicos como el agua potable y los sanitarios son en sí una forma de violencia que he abordado con anterioridad (lee aquí). Ahora quisiera referirme a otras formas de violencia presentes en nuestra vieja escuela.

Por un lado tenemos fenómenos como el acoso escolar que afecta a los estudiantes de todos los niveles, el cual en los últimos 20 años pasó del maltrato en el espacio físico al ciberespacio a través de las redes sociales. Aunque no nos guste, debemos reconocer que hay algo en las escuelas que las convierten en un espacio para que algunos niños y adolescentes se entreguen al ejercicio de la manipulación, el chantaje emocional, la discriminación e incluso el sadismo. Y esto no se explica con el argumento conservador de achacarle la culpa a la formación en el hogar, la escuela tiene sus propias dinámicas que detonan y amplifican estas conductas violentas. Ni padres de familia, ni docentes o autoridades educativas conocemos la verdadera dimensión de este problema, solo vemos algunas de sus manifestaciones cuando ya es demasiado tarde. Tenemos protocolos, pero lo cierto es que el problema no se va, incluso es probable que esté creciendo, diversificándose, mutando.

Por otro lado, existe un fenómeno que aunque sutil no es menos importante, me refiero a la violencia simbólica que se practica en la vieja escuela. Este concepto, acuñado por el filósofo y sociólogo Pierre Bourdieu, se refiere a las formas veladas de agresión con las que el poder violenta a los sujetos. Para Bourdieu, los agentes del poder, entre los que se incluye la escuela o los sistemas educativos, no solo se imponen a través del miedo, la coacción y el autoritarismo. Además de estas formas de violencia explícitas, el poder cuenta con su capacidad de convencernos de que su autoridad es racional, en otras palabras, válido o legítimo.

En el contexto educativo se nos alecciona a obedecer a la autoridad y a aceptar como ciertas y útiles las enseñanzas y otras formas de disciplina que nos impone la escuela. Bajo este esquema de violencia simbólica, la institución educativa se nos presenta como la depositaria del único saber verdadero, frente al cual todo lo demás es visto bajo la sospechosa aura de superstición e ignorancia.  Para colmo, si el sujeto fracasa en su aprendizaje se le castiga con una diversidad de dispositivos: desde la humillación de una boleta hasta la bien merecida condena a no conseguir empleo, a permanecer en la pobreza. Como atinadamente explica otro filósofo, Michel Foucault, los mecanismos del poder son tan efectivos que el sujeto se transforma en su propio vigilante. En la actualidad, nuestras escuelas esperan que sus alumnos se conviertan en sus propios prefectos al sentirse culpables de no poder cumplir con lo que se espera de ellos. Así lo atestigua el terrible y creciente número de casos de autolesión entre niños, niñas y adolescentes de todos los países, el cual no distingue entre los que asisten a escuelas públicas o privadas. Ante la ansiedad y desesperación por no poder estar a la altura, muchos estudiantes de la vieja escuela responden agrediendo a otros o simplemente cortándose con una navaja. Y no, esto no se debe a que los adolescentes pertenezcan a una generación de cristal; más bien es que nuestra generación de hierro les está regresando los golpes recibidos.

Las violencias practicadas en nuestras escuelas no son algo que tenga solución fácil, pero puede cambiar. La situación extraordinaria que estamos viviendo nos invita, entre otras cosas, a pensar seriamente si una institución fundada sobre la violencia simbólica puede ofrecer un espacio para la formación que realmente queremos. Personalmente estoy convencido que no, lo que necesitamos es un espacio para dialogar entre iguales, para compartir lo que sabemos y descubrir entre todos lo que queremos saber. Necesitamos escuelas que funcionen como una verdadera comunidad.

Josué Gutiérrez González es profesor de literatura en la Escuela Normal Superior, plantel Hermosillo. Es miembro de El Búnker Biblioteca Comunitaria, un proyecto dedicado a la promoción de la lectura en el municipio de Hermosillo, Sonora, México.

Email: josueg2000@gmail.com

Comentarios

  1. Me parece excelente que haya decidido tocar este tema, sí bien es cierto que los niños muchas veces sufren de abusos o distintas formas de violencia fuera de la escuela, dentro de la misma también pasa. Pasa gracias al sistema, pasa gracias a los docentes, pasa gracias a sus demás compañeros y es algo que o no queremos ver o no nos queremos sentir responsables por lo mismo, porque sabemos que de cierta forma somos parte de ello. A mí como futura docente, me gustaría implementar cambios sobre todo para trabajar el acoso en las redes sociales, dónde menos tenemos oportunidad o alcance, a mí parecer, de proteger y resguardar a nuestros alumnos e inclusive de compañeros, de sufrir y fomentar las distinto tipos de violencia que hay y que genera con día está sociedad.

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    1. Gracias por el comentario y sí, concuerdo, este tema nos incomoda porque secretamente reconocemos la responsabilidad que todos tenemos, además del miedo que nos da intentar un cambio porque creemos que no hay forma de enseñar sin autoridad.

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  2. Este escrito me dejó pensando en que se sigue con el paradigma Conductista en las escuelas, lo podemos ver como violencia simbólica, por lo mismo de las agresiones entre las relaciones de poder que se mencionan, que ya no se dan tanto de una forma física, pero la violencia sigue ahí, de diferentes maneras.
    Es importante que desde nuestra formación como docentes vayamos cambiando nuestro "chip", dejando atrás la forma en que fuimos educados en educación básica, que busquemos la mejora, creando ambientes sanos, de confianza y comunicación.

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    1. Totalmente de acuerdo, frente a las presiones del sistema, las escuelas asumen que se ha abandonado el modelo conductista, pero en realidad persiste de otras formas. Sabemos que no es posible prescindir del todo del ejercicio de autoridad, pero no nos ha importado distribuir esa autoridad entre todos los miembros de la comunidad escolar de forma equitativa y constructiva. Creo que tenemos que darles más autoridad a los alumnos, no olvidemos que la autoridad es en realidad responsabilidad, no autoritarismo.

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