Lecturas que nos obligan a escribir

 


"Quizá sin proponérselo, Alberto Chimal termina invitándonos a escribir nuestras propias novelas de zombis o de lo que sea"

En ocasiones me encuentro con personas que me preguntan ¿qué libro me recomiendas? La respuesta siempre es complicada. Por más que uno lo evada, hay una dosis de responsabilidad cuando recomendamos un libro. La selección que hagamos dirá algo de nosotros, de nuestro gusto personal, pero también de nuestro conocimiento, de los libros que hemos leído o de los criterios que utilizamos para determinar lo valioso de una lectura. Por donde quiera que se le vea, recomendar un libro nos coloca en el centro de nuestros propios prejuicios.

Si al principio recomendaba libros, sobre todo a mis alumnos, guiado por aquellas lecturas que me habían fascinado a su edad sin detenerme a pensar en las particularidades de la persona que tenía enfrente, ahora trato devolver la pregunta: ¿qué te gusta? Tampoco es fácil. En asunto de lecturas, casi nadie pude decir con claridad lo que le gusta. Quizá porque lo que nos gusta es algo que cambia de vez en cuando. Lo que ayer me volaba la cabeza, hoy me resulta francamente aburrido.

Les diré que en este momento de mi carrera como lector, lo que me gusta son los libros que me hagan escribir: libros que quisiera copiar, rearmar, continuar y, siendo honesto, corregir.

Sin darle tanta vuelta al asunto y haciendo uso de mi derecho a recomendar, he decidido usar esta entrada para hablar de una novela que me dejó fascinado: La noche en la zona M, de Alberto Chimal. El autor de esta novela clasificada como “juvenil” se ha armado una carrera interesante en el ámbito de la literatura fantástica y la ciencia ficción en México, aunque escribe de muchas otras cosas y algunos de sus libros resultan difíciles de clasificar.

Ya desde la portada, La noche en la zona M nos avisa que es una historia de zombis. Y aunque el tema de los muertos vivientes no me llama mucho la atención desde que me indigesté con The Walking Dead, el asunto del fin del mundo nunca se ha ido de mi imaginación. A lo mejor es porque a los once años, prisionero en las bancas de una iglesia evangélica me puse a leer el Apocalipsis y terminé metido en una portada de Iron Maiden, pero esa es otra historia.

La premisa del libro es la misma que todas las demás historias de zombis: en un futuro más o menos cercano (finales del siglo XXI), tras una larga decadencia (esto sí es diferente), el mundo por fin ha colapsado. Ya no hay gobierno (Ajá), pero líderes violentos y tiránicos organizan-explotan a los sobrevivientes (Ay no). En medio de la lucha entre grupos rivales que tratan de controlar los pocos recursos que quedan, surgen un montón de seres aberrantes a los que llaman “troceados”. Se trata de una cruza de ciborgs con zombis, formados tanto por partes humanas como mecánicas con un aterrador toque sonoro: entre los horribles gritos que emiten por pequeñas bocinas en sus bocas se escuchan las últimas palabras de sus anteriores víctimas. Definitivamente perturbador.

En este escenario la novela coloca a su protagonista: Sita, una adolescente de escasos 14 años que ha crecido en este mundo devastado y cuyo único conocimiento del pasado viene a través de una abuela ingeniera llena de traumas y de Celeste, la conciencia viva de una mujer que fue cargada en un disco duro antes de que su cuerpo muriera de cáncer. Las tres perspectivas se van alternando capítulo a capítulo y es una maravilla ver los encuentros y desencuentros entre generaciones. La perspectiva de género presente en la novela es refrescante, aunque limitada.

Sin embargo, lo que más me ha interesado de esta novela es que el apocalipsis zombi es narrado desde México. Ya no más Nueva York ni Londres ni Tokio, ya no más campos verdes, ni granjas del Midwest americano y bosquecillos placenteros. Ahora la historia de destrucción y sobrevivencia tiene lugar aquí cerca, es decir allá lejos, en la Ciudad de México. A lo largo de la historia los landmarks se multiplican, desde el Zócalo hasta el Palacio de Bellas Artes, pasando por todas las calles y callejones del Centro Histórico con sus particularidades, y de ahí a otras áreas de la Zona Metropolitana. Pero el lector no la tiene tan fácil, con el paso del tiempo las calles han cambiado de nombre, los lugares están en ruinas y su uso ha quedado en el olvido, por lo tanto los lectores tienen que usar su memoria para identificar espacios y trazar en su imaginación el mapa de la ciudad. Lo que sí queda muy claro en la novela es que está dirigida a los adolescentes capitalinos. No es que los demás no podamos leerla o disfrutarla, pero su público ideal es alguien que conozca lo suficiente esos lugares de la Ciudad de México como para sumergirse en la experiencia. Los demás seríamos como metiches que escuchan una conversación y armamos el chisme a retazos, lo cual no deja de ser placentero.

En lo personal disfruto de los libros que me muestran lugares que no conozco y me invitan a explorarlos por otros medios –el street view de Google Maps es mi favorito. Pero con esta novela es diferente. Al leerla, mi primer impulso es contar estas historias del fin del mundo desde mis propias coordenadas, con nuestra historia local de fondo y con nuestro propio lenguaje. Fantaseo con la idea de leer el colapso del sistema desde los ojos y con la voz de una adolescente situada en las calles de Navojoa, entre los campos de Pesqueira o bajo las cúpulas turquesa de la iglesia de Baviácora. Por eso celebro el trabajo de Alberto Chimal, porque, quizá sin proponérselo, termina invitándonos a escribir nuestras propias novelas de zombis o de lo que sea, y para mí una novela que nos reta a escribir es buena literatura. Por lo pronto, mi escritor sombra y yo ya empezamos a narrar desde la Zona H.

La noche en la zona M
Alberto Chimal
Fondo de Cultura Económica
Colec. A través del espejo
2019
208 pp.

Josué Gutiérrez González es profesor de literatura en la Escuela Normal Superior, plantel Hermosillo. Es miembro de El Búnker Biblioteca Comunitaria, un proyecto dedicado a la promoción de la lectura en el municipio de Hermosillo, Sonora, México.

Email: josueg2000@gmail.com

 


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